jueves, 10 de enero de 2013

"NO me digas a mí como vestirme, diles a ellos que NO violen"


Según la Ley General de Acceso a las Mujeres a Una Vida Libre de Violencia la violencia sexual se define como: “cualquier acto que degrada o daña el cuerpo y/o la sexualidad de la víctima y que por tanto atenta contra su libertad, dignidad e integridad física. Es una expresión de abuso de poder que implica la supremacía masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto”. En efecto, en el ejercicio de la violencia sexual se plasman relaciones de poder que se ejercen en el cuerpo de las mujeres, de esta manera, se convierte a la sexualidad y a la capacidad reproductiva de las mujeres y a sus cuerpos en un espacio sobre el que se perpetran las formas de violencia más brutales. 
Utilizando internet como principal herramienta para recabar información sobre casos de violencia contra las mujeres, me doy cuenta que la violencia sexual no se presenta de manera aislada ni intermitente, es decir, es una constante de países tanto de primer mundo como en desarrollo, en países donde hay guerra y donde hay paz, donde existe democracia y donde no la hay. 
Solemos pensar que las mujeres están rezagadas en países lejanos como en Africa o en Asia, pensamos que las mujeres que viven en países de primero mundo siempre son escuchadas cuando sufren algún tipo de violencia, sobre todo sexual; si bien entre más avanzado es el país y la sociedad, la brecha de desigualdad de género se cierra y por lo tanto las mujeres tienen mejor acceso a la justicia hay algo que permea y es que de alguna u otra manera se responsabiliza a la víctima.
La sanción social contra las mujeres que denuncian su caso ante el sistema judicial es especialmente aguda en los casos de violencia doméstica y sexual, siendo éste el único delito en el cual se juzga más a las víctimas que al agresor, donde se ven expuestas a un procedimiento penal en el cual su vida es motivo de investigación y escrutinio, donde son cuestionadas por su “participación” en el delito, donde su pasado es motivo de investigación y donde entran en juego los estereotipos y el honor de las mujeres. En muchos casos son rechazadas por su familia y su comunidad, y en consecuencia, la mejor defensa del imputado consiste en atacar a la víctima por "provocativa", por "libertina", por "ser mujer de hábitos sexuales promiscuos", por "no ofrecer verdadera resistencia", por “no haber dicho que NO con suficiente firmeza”, por “haber coqueteado con él”. 
Sólo hace falta darse una vuelta por los juzgados, leer notas en el periódico sobre casos de violencia sexual, ver los noticieros o platicar con alguien víctima de este tipo de delito para darse cuenta que la que sale pediendo y la que sale juzgada es precisamente la víctima. Por todo esto, no es de extrañar que las mujeres eviten acceder a la cadena formal de justicia, los obstáculos institucionales exacerban estas presiones y presentan barreras adicionales para el acceso de las mujeres a la justicia. De hecho está comprobado en un estudio por ONU mujeres (El Progreso de las Mujeres en el Mundo) que son muy pocos los casos de violencia sexual a nivel mundial que terminan en sentencia y que más del 60% de los casos se quedan en el camino precisamente porque las instituciones le fallan a las víctimas, es más fácil que una mujer reporte un robo que una violación; según la ONU cada 15 segundos en el mundo una mujer es atacada.
Directo o indirectamente la sociedad enseña a las mujeres a que estén alertas para No ser atacadas o violadas pero no enseñan a los hombres a no violar, a no atacar o a dejar de ver a las mujeres como objeto. Cuando digo esto me refiero a la naturalización que hay entorno a la violencia sexual y la insistencia de preguntarse: “¿Y como iba vestida?”, “¿Para qué se viste así?”, ¿”Es que ella lo provocó pues estuvo coqueteando?”, “¿Que hacía sola a esas horas?”, “¿Para que se sube a un Taxi en esa colonia?”. Con esto no quiero decir que todos los hombres son unos depredadores sexuales, lo que quiero mas bien es señalar que a veces sin darnos cuenta culpamos a las víctimas, naturalizamos la violencia sexual y lo hacemos de una manera muy natural y colectiva. 
Me viene a la mente el caso reciente que sacudió a la India, el caso de Amanat, en el cual una joven de 23 años que iba acompañada de su novio fue violada por seis individuos en un camión de regreso del cine; el caso en el Estado de México reciente en el cuál seis mujeres fueron violadas cuando unos asaltantes tomaron como rehen un camión de pasajeros y dieron vueltas en el Valle de México por varias horas; el caso de una niña de 11 años que sufrió una violación tumultuaria y los periódicos incluyendo el New York Times responsabilizaron a la víctima por salir sola con alguien de mas edad; y como esos mil casos.
El problema real de la violencia sexual es que no hay cifras reales pues la mayoría no lo reporta, las que lo reportan son cuestionadas arduamente y en general salen perdiendo y que como sociedad hemos tolerado y naturalizado la violación responsabilizando a la víctima. Simplemente la ya muy famosa “Marcha de las Putas” nace a raíz de que unos policías canadienses dando una plática de seguridad personal le dijeron a un grupo de estudiantes que si no querían que las atacaran lo primero que tenían que hacer es no vestirse como putas. De ahí el mensaje que estamos dando y que debía ser al revés: “NO ME DIGAS A MI COMO VESTIRME, DILE A ELLOS QUE NO VIOLEN”.





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